lunes, 18 de mayo de 2020

¿Sabías que Juan Pablo II sobrevivió a la persecución nazi en Polonia?


Según el Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá, antes de la ocupación de Polonia por parte de Alemania en 1939, en aquel país residían 3.300.000 judíos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, permanecían con vida 380.000. Es decir, poca más del 10%. El resto fueron brutalmente asesinados. Uno de los que sobrevivió fue Karol Wojtyla, el mismo que tres décadas después se convertiría en Juan Pablo II. ¿Y cuál fue una de sus primeras decisiones al llegar al Vaticano? Convertirse en el primer Papa de la historia en visitar Auschwitz y condenar el Holocausto. «En el lugar donde ha sido pisoteada de modo tan horrendo la dignidad humana, se ha conseguido hoy la victoria mediante la fe y el amor», declaró ante la multitud aquel 6 de junio de 1979.

El campo de concentración se encontraba a menos de una hora de Wadowice, el pequeño pueblo al sur de Polonia en el que nació el 18 de mayo de 1920, hace hoy justo un siglo. Era el menor de tres hermanos en un matrimonio integrado por una ferviente católica y un suboficial del Ejército. Su madre se las arregló para que el pequeño Karol naciera cerca de un templo, pues quería que lo primero que oyera al nacer fueran los «cánticos a Dios». No pudo disfrutar mucho de ella, pues falleció en 1929, cuando él tenía nueve años. Lo mismo ocurrió con su hermana Olga, que murió antes de que él naciera, y su hermano mayor Edmund, un médico que perdió la vida al contraer una enfermedad contagiosa mientras curada a un mendigo en 1932.

Cuando Hitler invadió Polonia y decidió dar comienzo a la guerra más devastadora de la historia de la humanidad, solo el futuro Papa y su padre seguían con vida en su familia, pero no por mucho tiempo. El mencionado suboficial Wojtyla, el mismo que siempre había guiado a su hijo en el camino de la fe y el amor cristiano, murió en 1941 como consecuencia de insuficiencia cardíaca durante la ocupación nazi, justo en el momento en el que el joven Karol empezaba a trabajar como obrero en la fábrica Solvay, en Zakrzówek.

El «infierno»

Pero Wojtyla andaba ya adentrado en el mundo del rezo, influenciado por varios modelos de santidad, como el mencionado padre, que había orado sin descanso tras la pérdida de su esposa. Poco antes, el futuro Pontífice había sido testigo de la convivencia con los judíos en Wadowice, para luego comprobar cómo estos se convertían en víctimas de la represión en Cracovia, la ciudad a la que se trasladó más adelante. En «Memoria e Identidad», él mismo recuerda cómo los nazis ocultaban el genocidio: «Durante mucho tiempo Occidente no creer en el exterminio de los judíos. Solo después, todo eso salió a la luz sin tapujos. Ni siquiera en Polonia se sabía todo lo que los nazis habían hecho y hacía a los polacos, ni lo que los soviéticos hicieron después a los oficiales polacos en Katyn. Incluso la trágica historia de las deportaciones se conocía solo en parte».

Por eso, durante la guerra Karol siente que se ha rozado con el «infierno», como él lo llama. En 1976, durante los ejercicios espirituales dedicados a Pablo VI y a la curia romana, Wojtyla afirma que «los campos de concentración quedarán para siempre como los auténticos símbolos del infierno sobre la tierra. En ellos quedó expresado el “maxium” del mal que el hombre es capaz de hacer a otro hombre». Por eso es fácil imaginar el rechazo que debió sentir al recibir la carta de León Degrelle negando el Holocausto en mayo de 1979, cuando ya era Papa.

En ella, el fundador del rexismo, esa rama del fascismo en Bélgica que alcanzó gran notoriedad en Europa durante la guerra, le reprochaba a Juan Pablo II la visita que estaba a punto de realizar a Auschwitz. «Temo que vuestra simple presencia en esos lugares sean inmediatamente desvirtuados de su sentido profundo y sean utilizados por propagandistas sin escrúpulos, que los utilizaran para sus campañas de odio mediante falsedades que emponzoñan todo el asunto de Auschwitz desde hace un cuarto de siglo. Sí, falsedades. Después de 1945, la leyenda de las exterminaciones masivas ha alcanzado al mundo entero. Incontables mentiras se han repetido en millares de libros».


«¿700 personas en su dormitorio?»

Ocho folios llenos de reproches en los que el líder nazi al que Hitler se refería como al «hijo que siempre le hubiera gustado tener» utilizaba argumentos como este: «En lo que concierne a la pretendida cremación en Auschwitz de millones de judíos en fantasmales cámaras de gas de Zyklon B, las afirmaciones repetidas desde hace tantos años, en una fabulosa campaña, no resisten un examen científico serio. Es descabellado imaginar que se hubieran podido gasear en Auschwitz a 24.000 personas por día en grupos de 3.000, en una sala de 400 metros cuadrados. Menos aún, a 700 u 800 en locales de 25 metros cuadrados de 1,90 metros de altura, como se ha pretendido a propósito del campo de concentración Belzec. En decir, la superficie de un dormitorio. Usted, Santo Padre, ¿lograría meter 700 u 800 personas en vuestro dormitorio?».

Se lo decía al hombre que había sido testigo de la barbarie nazi, primero, y del comunismo, después, en su juventud. Había visto cómo los alemanes cerraron la universidad y cómo él había tenido que seguir estudiando en la clandestinidad, casi como un método de supervivencia. Y no era precisamente un «colaboracionista», porque mientras trabajaba por el día en una cantera, no tardó en prestar juramento en una de las organizaciones secretas de la resistencia. Allí fundó un grupo de teatro patriótico, porque en aquel entonces toda actividad cultural polaca era una forma de lucha subversiva.

En aquello tiempos sobrevivió a la barbarie nazi y a la pérdida de su padre, al que él mismo encontró muerto en su cama, leyendo a San Juan de la Cruz. Él mismo reconoció que fue uno de los momentos más decisivos de su vida y de los que más influyó en su vocación, puesto que al poco tiempo ya formaba parte del seminario clandestino de Cracovia. Y sufrió lo suyo, sobre todo porque estuvo a punto de ser fusilado por los soviéticos, que ya le tenían en lista, cuando estos tomaron la ciudad. Se salvó porque un oficial ruso decidió utilizarle como traductor.

Al final de la guerra, protagonizó lo que para muchos sería un milagro, al salvar la vida a una niña judía liberada por los rusos de la fábrica de armamento donde trabajaba. Hambrienta, enferma y agotada, se dejó caer en una gran sala de la estación de tren de Cracovia, atestada de gente. El futuro Papa se acercó y le llevó comida y bebida. La animó después a continuar hasta los convoyes preparados para los refugiados, pero no podía dar un paso y Wojtyla la cogió en brazos y la trasladó durante cuatro kilómetros sobre la nieve, hasta dejarla en un tren junto a otras familias judías. Durante el trayecto le contó que él también estaba solo, pero que ambos tenían que sobreponerse y seguir adelante.
Visita a Auschwitz en 1979

Con todas estas experiencia en su mochila visitó Juan Pablo II, en 1979, el campo de concentración de Auschwitz. El primer Papa en hacerlo de la historia, 33 años después de los campos de concentración fueran desmantelados. Al llegar, rechazó el coche y quiso entrar y recorrer todo el recinto a pie. En el interior rezó cinco Ave Marías en voz baja y, a continuación, se dirigió al otro campo de concentración, Brzezinka, a tres kilómetros de distancia. Allí le esperaron más de medio millón de personas desde las primeras horas de la mañana para oír la primera misa de un Pontífice en un campo de exterminio.

«En este lugar del terrible estrago, que supuso la muerte para cuatro millones de hombres de diversas naciones, el sacerdote Maximiliano Kolbe, ofreciéndose voluntariamente a sí mismo a la muerte por un hermano en el búnker del hambre, consiguió una victoria espiritual, similar a la del mismo Cristo. Este hermano vive todavía hoy en esta tierra polaca», contó Juan Pablo II al inicio de su discurso. Y añadió: «Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau y, en particular, ante una con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total».

Camino después a Birkenau,el Papa se detuvo detrás del crematorio número uno de Auschwitz y recorrió emocionado el museo más tétrico del mundo. Observó una réplica a escala de una cámara de gas, del tamaño de una mesa, que representaba a aquellas que los nazis hicieron estallar ante el avance de los aliados, intentando ocultar así las pruebas de sus crímenes. Y recorrió las vitrinas donde se exhibían mechas de pelo, zapatos, cepillos, ojos de vidrio y hasta muletas halladas por las tropas soviéticas cuando liberaron Auschwitz en 1945. «Auschwitz es un testimonio de la guerra. La guerra lleva consigo un desmedido crecimiento del odio, de la destrucción, de la crueldad. Y si no se puede negar que manifiesta también nuevas posibilidades de la valentía humana, del heroísmo, del patriotismo, queda sin embargo el hecho de que en ella prevalece la cuenta de las pérdidas. Prevalece tanto más, cuanto más la guerra se convierte en el juego de la bien calculada técnica de la destrucción. De la guerra son responsables no sólo los que la causan directamente, sino también aquellos que no hacen todo lo posible por impedirla», concluyó.

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