miércoles, 12 de febrero de 2020

La Virgen de la Candelaria: Fundamento Bíblico y litúrgico


LA VIRGEN DE LA CANDELARIA: FUNDAMENTO BÍBLICO Y LITÚRGICO

La Fiesta de Candelaria, la “celebramos… el 2 de febrero, cuarenta días después de Navidad, en memoria de la presentación de nuestro Señor en el Templo. Esta fiesta tiene varios nombres. Primero, se conoce como la Fiesta de la Presentación de nuestro Señor Jesús (Lc 2,22-38; cf. Ex 13,11-13). En segundo lugar, se llama la Fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María (cf. Lv 12,1-8). Pero el nombre usual y popular para esta Fiesta es el día de la Candelaria, porque en este día se bendicen las velas antes de la Misa, y se lleva a cabo una procesión con velas encendidas. Las velas son bendecidas y se iluminan en esta fiesta en particular.” El propio San Lucas enseña que Cristo es Luz para todos los hombres, de ahí que venga el nombre de Candelaria:

Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel (Lucas 2,32). Estas palabras las dijo Simeón, posiblemente citando a Isaías (Isaias 9,2) ,de Jesús pero a sus padres, es decir a la Virgen y a San Jose , por ello la Virgen es quien trajo la luz para todo el pueblo al darle a luz y luego presentarle en el templo.

En este mismo sentido San Juan llamó a Cristo "Luz" Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo Juan 1,9

[1] El Misal Romano, prescribe: “Hoy se clausuran las solemnidades de la Manifestación o Epifanía del Señor.”

Historia

Esta fiesta tuvo su origen en Jerusalén, en el siglo IV y desde allí se extendió al resto de la Iglesia. [2] En la Iglesia Griega fue llamada Hypapante tou Kyriou, el encuentro del Señor y su Madre con Simeón y Ana. En Oriente se celebraba como una fiesta del Señor; en Occidente como una fiesta de María.

Sin duda este evento, la primera presentación solemne de Cristo en la casa de Dios, se celebró en la Iglesia primitiva en Jerusalén. Lo encontramos atestiguado en la primera mitad del siglo IV por el peregrino de Burdeos, Egeria o Silvia. El día, 14 de febrero, se celebró solemnemente en una procesión a la basílica de la Resurrección y la Misa de Constantino que incluyó una homilía en Lucas 2:22. En ese momento, la fiesta no tenía nombre propio; simplemente se llamaba el cuadragésimo día después de la Epifanía. Esta última circunstancia muestra que, en Jerusalén, la Epifanía fue cuando se celebró la fiesta del nacimiento de Cristo. Desde Jerusalén, la fiesta del cuadragésimo día se extendió por toda la Iglesia y luego se celebró el 2 de febrero.

La fiesta se extendió lentamente en el oeste; no se encuentra en el Leccionario de silos (650 d. C.) ni en el calendario (731-741 d. C.) de Sainte-Genevieve de París. En Oriente se celebraba como una fiesta del Señor; en Occidente como fiesta de María, aunque el Invitatorium (" Gaude et laetare , Jerusalén , ocurre Deo tuo" - " Alégrate y alégrate, oh Jerusalén, de encontrarte con tu Dios ") , las antífonas y las respuestas nos recuerdan su concepción original como una fiesta del Señor.

La bendición de las velas no entró en uso común antes del siglo XI. En la Edad Media tenía una octava en el mayor número de diócesis; También hoy las órdenes religiosas cuyo objeto especial es la veneración de la Madre de Dios (Carmelitas, Servitas) y muchas diócesis (Loreto, la Provincia de Siena, etc.) celebran la octava.

Datos sobre esta festividad podemos encontrarlos en varios padres de la Iglesia como San Sofronio de Jerusalen y también en San Bernardo de Claraval.

"Nuestras velas encendidas son un signo del esplendor divino de quien viene a expulsar las sombras obscuras del mal, y hacer que todo el universo se ilumine con el brillo de su luz eterna. Nuestras velas también muestran cuan brillantes deben ser nuestras almas cuando vamos a encontrarnos con Cristo. La Madre de Dios, la Virgen más pura llevo la verdadera luz en sus brazos y llevó a quienes yacían en la obscuridad" (San Sofronio de Jerusalen Sermon sobre la Candelaria)

El Simbolismo de las velas

La procesión con velas nos recuerda que la Virgen da luz a Jesucristo, Luz del Mundo, quien se manifiesta a su pueblo por medio de Simeón y Ana. Como dice San Bernardo: "Esta santa procesión fue hecha por primera vez por la madre virgen, San José, Santa Simeón y Ana, para luego ser realizada en todos los lugares y por todas las naciones, con la exultación de toda la tierra, para honrar este misterio". [3]

Las luces que llevamos en nuestras manos representan el fuego divino del amor con el cual nuestros corazones deben ser inflamados, y que debemos ofrecer a Dios sin ninguna mezcla de fuego extraño, el fuego de la concupiscencia, la envidia, la ambición o el amor de criaturas. También tenemos estas luces en nuestras manos para honrar a Cristo y para reconocerlo como la "luz verdadera" (cf. Jn 1, 9) a quien representan bajo este carácter, y que es llamado por el santo Simeón en este misterio, “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (cf. Lc 2, 32) porque vino a disipar nuestras tinieblas espirituales.

Las luces son usadas por la iglesia durante la celebración de los misterios divinos, mientras se lee el evangelio y se administran los sacramentos por un motivo de honor y respeto. San Jerónimo dice al respecto que, "cuando se lee el evangelio, aunque el sol brilla, se usan antorchas, no para ahuyentar la oscuridad, sino como señal de alegría." [4]

Bendición de las velas y procesión

El Misal prescribe lo siguiente

Procesión

A una hora conveniente, se reúnen los fieles en otra iglesia o en algún lugar adecuado, fuera de la iglesia a donde va a dirigirse la procesión. Los fieles sostienen en sus manos las velas apagadas.

El sacerdote, revestido con vestiduras litúrgicas de color blanco, como para la Misa, se acerca junto con los ministros al lugar donde el pueblo está congregado, en lugar de la casulla, puede usar la capa pluvial, que dejará una vez terminada la procesión.

Mientras se encienden las velas, se canta la siguiente antífona:
Nuestro Señor viene con gran poder, para iluminar los ojos de sus siervos. Aleluya.

O bien otro canto apropiado.

El sacerdote, terminado el canto, dirigiéndose al pueblo, dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Luego saluda al pueblo como de costumbre. Después dice una monición introductoria al rito, invitando a los fieles a participar en él activa y conscientemente, con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos: Hace cuarenta días, celebramos con júbilo el nacimiento del Señor. Hoy conmemoramos el día dichoso en que Jesús fue presentado en el templo por María y José, para cumplir públicamente con la ley de Moisés, pero en realidad, para venir al encuentro de su pueblo que lo esperaba con fe. Impulsados por el Espíritu Santo, vinieron al templo aquellos dos santos ancianos, Simeón y Ana, e iluminados por el mismo Espíritu, reconocieron al Señor y lo anunciaron jubilosamente a todos. Así también nosotros, congregados en la unidad por el Espíritu Santo, vayamos al encuentro de Cristo en la casa de Dios. Lo encontraremos y reconoceremos en la fracción del pan, mientras llega el día en que se manifieste glorioso.

Después de la monición, el sacerdote bendice las velas, diciendo, con las manos extendidas:
Oremos.

Dios nuestro, fuente y origen de toda luz,
que en este día manifestaste al justo Simeón,
la Luz destinada a iluminar a todas las naciones,
te pedimos humildemente
que te dignes recibir como ofrenda
y santificar con tu bendición † estas velas
que tu pueblo congregado va a llevar
para alabanza de tu nombre,
de manera que, siguiendo el camino de las virtudes,
pueda llegar a la luz inextinguible.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.


Y rocía las velas con agua bendita, sin decir nada, y pone incienso para la procesión.

El sacerdote recibe entonces del diácono u otro ministro la vela encendida destinada para él e inicia la procesión, mientras el diácono (o en ausencia, el mismo sacerdote) dice:

Avancemos en paz al encuentro del Señor.
 
O bien:

Avancemos en paz.

En ambos casos, todos responden:

En el nombre de Cristo. Amén.

Todos llevan sus velas encendidas. Durante la procesión se canta una de las antífonas siguientes: la antífona Cristo es la luz enviada, con el cántico de Simeón (Lc 2, 29-32), o la antífona Adorna tu alcoba, u otro canto apropiado:

Ant. Cristo es la luz enviada para iluminar a las naciones y para gloria de Israel.
V. Ahora, Señor, ya puede morir en paz tu siervo, según tu promesa.
Ant. Cristo es la enviada para iluminar a las naciones y para gloria de Israel.

V. Porque mis ojos han visto a tu Salvador.
Ant. Cristo es la luz enviada para iluminar a las naciones y para gloria de Israel.

V. Al Salvador, a quien has puesto a la vista de todos los pueblos.
Ant. Cristo es la luz enviada para iluminar a las naciones y para gloria de Israel.

II

Ant. Adorna tu alcoba, Sión, y acoge a Cristo Rey;
recibe a María, la puerta del cielo;
ella lleva al Rey de la nueva luz gloriosa;
escucha, Virgen María, llévanos de la mano
Hasta tu Hijo, luz de las naciones,
a quien recibió Simeón en sus brazos
y lo anunció a todos los pueblos:
es el Señor que da la vida y la muerte,
el Salvador del mundo.


Al entrar la procesión en la iglesia, se canta la antífona de entrada de la Misa. Al llegar el sacerdote al altar, hace la debida reverencia y, si se cree conveniente, lo inciensa. Luego se dirige a la sede, en donde se quita la capa pluvial, si lo usó en la procesión, y se pone la casulla. Ahí mismo, después de que ha cantado el himno del Gloria dice la oración colecta como de ordinario. Prosigue luego la Misa de la manera acostumbrada.

El Directorio de Piedad Popular y la Liturgia [5] nos da los principios y orientaciones de como celebrar esta Fiesta:

120.… Esta fiesta siempre ha tenido un marcado carácter popular. Los fieles, de hecho:

- asisten con gusto a la procesión conmemorativa de la entrada de Jesús en el Templo y de su encuentro, ante todo con Dios Padre, en cuya morada entra por primera vez, después con Simeón y Ana. Esta procesión, que en Occidente había sustituido a los cortejos paganos licenciosos y que era de tipo penitencial, posteriormente se caracterizó por la bendición de las candelas, que se llevaban encendidas durante la procesión, en honor de Cristo "luz para alumbrar a las naciones" (Lc 2, 32);

- son sensibles al gesto realizado por la Virgen María, que presenta a su Hijo en el Templo y se somete, según el rito de la Ley de Moisés (cf. Lv 12,1-8), al rito de la purificación; en la piedad popular el episodio de la purificación se ha visto como una muestra de la humildad de la Virgen, por lo cual, la fiesta del 2 de Febrero es considerada con frecuencia la fiesta de los que realizan los servicios más humildes en la Iglesia.

La piedad popular es sensible al acontecimiento, providencial y misterioso, de la concepción y del nacimiento de una vida nueva. En particular las madres cristianas advierten la relación que existe, a pesar de las notables diferencias – la concepción y el parto de María son hechos únicos – entre la maternidad de la Virgen, la purísima, madre de la Cabeza del Cuerpo Místico, y su maternidad: ellas también son madres según el plan de Dios, pues han generado los futuros miembros del mismo Cuerpo Místico. En esta intuición, y como imitando el rito realizado por María (cf. Lc 2,22-24), tenía origen el rito de la purificación de la que había dado a luz, algunos de cuyos elementos reflejaban una visión negativa de lo relacionado con el parto.

En el actual Ritual Romano está prevista una bendición para la madre, tanto antes del parto como después del parto, esta última sólo en el caso de que la madre no haya podido participar en el bautismo del hijo.

Sin embargo, es muy oportuno que la madre y sus parientes, al pedir esta bendición, se adapten a las características de la oración de la Iglesia: comunión de fe y de caridad en la oración, para que llegue a su feliz cumplimiento el tiempo de espera (bendición antes del parto) y para dar gracias a Dios por el don recibido (bendición después del parto).

La fiesta del 2 de Febrero conserva un carácter popular. Sin embargo es necesario que responda verdaderamente al sentido auténtico de la fiesta. No resultaría adecuado que la piedad popular, al celebrar la Presentación del Señor, se olvidase el contenido cristológico, que es el fundamental, para quedarse casi exclusivamente en los aspectos mariológicos; el hecho de que deba "ser considerada ...como memoria simultánea del Hijo y de la Madre" no autoriza semejante cambio de la perspectiva; las velas, conservadas en los hogares, deben ser para los fieles un signo de Cristo "luz del mundo" y por lo tanto, un motivo para expresar la fe.

Autores: Juan Carlos Calero-Apologista.
Jesús Manuel Urones-Apologista.


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