martes, 1 de octubre de 2019

Su nombre era "Cayo Casio Longinos" y ahora es Santo


PERFORÓ CON UNA LANZA EL COSTADO DE CRISTO

SU NOMBRE ERA "CAYO CASIO LONGINOS”

Y AHORA ES SANTO

Por Jesús Mondragón  (Saulo de Tarso)

El Centurión romano que vio morir al Señor en la Cruz y clavó su lanza en el costado del Salvador, entre el cuarto y quinto espacio intercostal, perforando el Corazón de aquel que murió por los pecados de todos los hombres, derramando así, hasta la última gota de su sangre, por ti y por mi.

Longinos, era originario de un pueblito de Italia, llamado hoy en día, "Lanciano", en honor a la lanza de Cristo. Destacado en Palestina durante el siglo primero, estuvo a cargo de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué suceso fue lo que obligó a un soldado profesional, acostumbrado a ver morir y matar, para reconocer a ese humilde carpintero, que murió crucificado, como "EL HIJO DE DIOS"?

El legionario, sufría de un grave mal en el ojo y al lanzar el costado de Cristo, la Preciosísima Sangre que brotó del Corazón, escurrió a lo largo de la lanza y de su brazo, salpicando el ojo enfermo, que quedó sanado al instante.

Con el milagro, Longinos reconoció que ese hombre que acababa de morir sobre la Cruz, era más que un hombre. La Biblia le dedica un versículo al legionario romano que se convirtió al Cristianismo y murió mártir.

"Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.» Marcos 15, 39.

Como testigo presencial de los hechos, se encargó de desmentir las afirmaciones de los judíos de que los discípulos habían robado el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, algo que los judíos jamás le perdonarían.

Longinos vivía y se movía entre ellos libremente durante un tiempo, luego volvió a casa para vivir en la finca de su padre. Pero los Judíos no habían terminado con él. Y sus mentiras pronto provocaron que Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea en tiempos del emperador Tiberio César, emitiera una orden draconiana a sus tropas:

¡Encuentren a este centurión renegado y decapítenlo inmediatamente!

Longinos corrió a la carretera, y saludó a sus adversarios como amigos. Sin hacerles saber quién era, los invitó a su propia residencia, les dio de comer espléndidamente, y se quedaron dormidos, se preparó para su ejecución en la oración durante toda la noche y luego se vistió con ropa impecablemente blanca, un atuendo de entierro. Cuando se acercó el amanecer, señaló a sus leales compañeros y les dio instrucciones para enterrarlo en la cima de una colina cercana.

Entonces el mártir se acercó a los soldados, los despertó y les reveló su verdadera identidad: “soy Longinos, el hombre que buscan”.

Sorprendidos y mortificados por la honestidad de su anfitrión, los romanos perdieron por completo el equilibrio. ¿Cómo iban a decapitar a un hombre de carácter tan noble? Pero incluso mientras protestaban contra la ejecución, Longinos insistió en que debían llevar a cabo sus órdenes para poner fin a su vida. Al final, Longinos y los dos compañeros de armas que habían estado con él al pie de la cruz fueron llevados a Jerusalén y decapitados. El destino del centurión como un mártir de Jesucristo se cumplió.

Su nombre era Cayo Casio Longinos, ganó la corona del martirio y la santidad, hoy se le conoce con un nombre más corto, ¡pero más grande!

SAN LONGINOS...

PAX ET BONUM


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